Razones para ir a ver “Atrapa la bandera”

ATRAPA LA BANDERA

A menudo nos quejamos porque el cine español no piensa en su público. Pues bien, ya no hay excusa. Ahora tenemos en cartelera una joya de la animación. Una producción que ha costado mucho esfuerzo, tiempo, sudor, dinero e ilusión hacerla. Esa película es “Capture the Flag” ( Atrapa la bandera )

Razones para ir verla:

– Si eres un niño: No hay excusa. Una aventura épica protagonizada por gente de tu edad. Hay acción, risas, amor y sorpresas. Todo lo que a ti te gusta.

– Si eres joven (entendemos de 14 a 25) Es la excusa para volver a disfrutar del cine como un niño. Si te fijas bien, encontrarás todo tipo de referencias y homenajes de clásicos. Por otro lado, si te gusta el buen cine y quieres que se siga haciendo más en nuestro país, casi se puede considerar un deber que vayas a verla para fomentarlo.

– Si eres adulto: Sigues sin tener excusa. Lleva a tus hijos, los hijos de tus amigos o a tus sobrinos y diviértete con ellos. Es una gran película. Te mostrará los valores de la familia que quieres inculcar a tus hijos y te reirás con ellos. Verás continuos homenajes de las películas con las que creciste y te ilusionarás al recordarlas. Recuerda cuando eras pequeño y viste por la TV esas imágenes de Armstrong que cambiaron la historia.

– Si eres… más mayor: Recuerda aquellos años mágicos en los que el hombre holló la luna y rememora las razones de aquel suceso que marcó la historia. Lleva a tus nietos y disfruta con ellos de una película pensada también para ti.

Insisto: es una gran película que merece la pena ver. No tienes excusa.

Y por último… tiene una pequeñísima pizca de mí.

¡Salgo en los créditos! ¡Gracias Jordi Gasull !

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La realidad supera la ficción

Ventana

Quiero encargarte un guión. Una historia sobre el amor. Si tiene calidad, la produciré y podrás lanzar tu carrera – le dijo un productor.

El joven guionista esta muy ilusionado. Por fin surge la oportunidad por la que había estado luchando tanto tiempo.

Corre a casa. Envía un mensaje a sus amigos diciéndoles que esa tarde no podrá ir de cañas con ellos. Tiene trabajo que hacer. Pasa por un súper y compra café. Mucho café. Al rato entra en su piso, se pone ropa cómoda y se sienta frente al ordenador. Va a ser una larga noche, pero él ya está acostumbrado.

Enciende el ordenador y abre el Word. Una temible página en blanco le da la bienvenida. El joven está nervioso y expectante. Pronto el sonido de las teclas invadirá el silencio de la habitación.

Posa sus manos en el teclado y… nada.

“Bueno, es lo normal – piensa – las ideas no llegan de repente”. Debe documentarse y buscar inspiración en algún lugar. “Seguro que en internet encuentro algo. A ver… amor, amor, amor… Historias de amor…. ¿Qué es el amor?”

El apartamento donde vive este joven no es muy diferente a cualquier otro apartamento de cualquier veinteañero. Un salón decorado con muebles de Ikea impersonales, un viejo baño con restos de óxido, una cocina muy pequeña con envoltorios vacíos de comida precocinada, una terraza con varias macetas vacías y una pequeña habitación, que es donde se encuentra en esos momentos.
La pared está decorada con varios posters de películas de la década de los noventa. La cama, envuelta en sábanas azules que probablemente hace meses que no se cambian, está completamente deshecha. Sobre ella descansa un pijama arrugado de Star Wars: la amenaza fantasma. Varios pares de zapatillas se reparten por el suelo de parqué del cuarto junto a alguna que otra prenda indistinguible de ropa.

La habitación cuenta con una única ventana. Normalmente la persiana está echada pero no en ese momento, lo que permite la entrada de unos efímeros rayos de sol que iluminan los posters de la pared. Por esa misma ventana se pueden distinguir las siluetas de varios edificios de apartamentos que se extienden hasta el horizonte. Al pie de estos bloques de hormigón un parque impersonal con varios columpios y un par de bancos se muestra vacío y triste.

Un momento… ¿Qué es eso?

Una joven está sentada en uno de los bancos. Tiene unos 18 años. Pelo castaño, buen tipo, digamos que bastante guapa. No se le distingue la cara ya que la tiene hundida entre las manos. Ahora mira al frente. Vaya, está llorando. Saca el teléfono móvil del bolsillo y busca algo. Vuelve a llorar. Parece que tiene ganas de lanzar el teléfono muy lejos pero se lo ha pensado mejor. Lo guarda de nuevo en el bolsillo yira a su alrededor. El parque, a excepción de ella, sigue vacío.

El joven guionista ya no resulta tan interesante. Sigue en internet, buscando “inspiración”. Bueno, en realidad está en Facebook, distraído. Preferimos observar a la joven. Algo tiene que nos intriga. Volvemos a asomarnos por la ventana.

La chica se ha levantado del banco y pasea alrededor de los columpios. Parece estar hablando consigo misma. Las lágrimas han desaparecido y más que triste parece enfadada. Distinguimos, por el movimiento de sus labios, una frase: “No seas tonta, da igual”

Un momento. Un nuevo personaje entra en escena. Un joven. Parece de su misma edad, tal vez uno o dos años mayor. Pelo rubio, nariz aguileña y porte decidido. La chica aun no le ha visto y sigue murmurando para sí. El joven parece dudar. Al final se arma de valor y se acerca a la chica. La llama por su nombre

Es evidente que la joven no se lo esperaba. Da un respiro y se da la vuelta. Si esperaba insultarle o algo no lo consigue porque se acaba de derrumbar. Lógico. Aquel joven la mira con una expresión de profunda desdicha, como pidiéndole perdón por algo. Hace amago de acercarse a ella con los brazos medio abiertos esperando estrecharla contra su pecho. Pero ella da un paso atrás. Esta asustada. Algo tiene que decirle.

Mientras, el joven guionista se entretiene en un foro sobre historias sobre el amor. Está leyendo la historia de uno de los internautas, un chileno de 47 años llamado Mikel84 que explica como conoció a su novia virtual a través de un chat de citas. El guionista copia la historia y la guarda en una carpeta titulada “posibles ideas”.

Menudo rollo. Preferimos la ventana.

La chica parece decirle algo al joven. Le grita y mientras hace grandes aspavientos con las manos. El joven trata de justificarse por algo que parece haber hecho. Al final ella se tranquiliza y escucha lo que el chico tenía que decirle. Durante tres largos minutos aquel joven le abre su corazón. Ella se emociona por momentos. Grandes lagrimones se desprenden de sus ojos y recorren sus mejillas hasta desaparecer por la barbilla.

Ella se lanza a su cuello y le aprieta con fuerza. El sorprendido muchacho no sabe qué hacer. Cuando se da cuenta de lo que está pasando la estrecha contra su pecho y llora como nunca lo ha hecho. Para que luego digan que los hombres no lloran. De modo que allí están los dos jóvenes: abrazados en un parque vacío, en medio de una ciudad gris e impersonal, con los últimos rayos de luz bañando los tejados de los edificios. Tras mirarse a los ojos, aun abrazados, caminan hacia la salida del parque.

Mientras, el joven guionista sigue en internet en busca de historias para inspirarse. Poco a poco se va desesperando. “El mundo es muy superficial -piensa- no hay historias conmovedoras”. Se desespera. Cree que no vale para esto. “¿Qué hago mal? – se pregunta – ¿Por qué no se me ocurre nada?”

Se levanta del escritorio y se dirige a la ventana. Se apoya en el alféizar y se fija en el solitario parque que hay frente a su casa. Los columpios se muestran hieráticos y sin personalidad. Han perdido el color debido al desgaste. La luz del sol casi ha desaparecido, oculta tras los edificios. Las calles están vacías como si no tuvieran historias que contar. O sí. Nunca se sabe. Tal vez haya que salir a buscarlas.

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EL pastor y las estrellas

Érase una vez un joven y humilde pastor que pasaba las noches en vela contemplando a las estrellas. Trataba de imaginarse qué es lo que habría allí arriba, cómo sería admirarlas de cerca. ¿Podría tocarlas? ¿saltar de una a otra? ¿coleccionarlas?

Entre suspiros pasó el tiempo y el joven pastor no solo crecía en edad sino también en ilusiones, aspiraciones y sueños. Noche tras noche las observaba con deleite acrecentando su deseo de saber más sobre ellas.

Hasta que un buen día se atrevió a hablar con ellas.

Para su sorpresa, los astros le contestaron y así comenzó una historia de amistad entre aquellas lejanas y misteriosas lucecitas situadas en el firmamento y un humilde pastor soñador.

Cuando, años más tarde, le preguntaron por ese descubrimiento, el que fue pastor respondió que lo único que hizo fue atreverse a hablarlas y a esperar pacientemente una respuesta.

Al principio las replicas llegaron en forma de susurros ininteligibles. Por ello tuvo que aprender a agudizar el oído, a predisponerse para entender lo que querían transmitirle.

Con el tiempo esos susurros se fueron transformando poco a poco en palabras y la inspiración que irradiaba de ellas empujó a este simple pastor hacer grandes cosas por las que años más tarde pudo ser recordado.

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XZY

A la atención del responsable del tribunal de becas y ayudas del Estado. A continuación escriba los motivos por los cuales cree merecer la beca/ayuda económica que el Estado ofrece a adultos que quieren retomar sus estudios universitarios:

Había tenido un duro día en el trabajo y una reunión a final de mi jornada laboral se demoró más tiempo de lo previsto. Mientras caminaba en dirección a mi casa, decidí pararme en una la pastelería y pedir medio kilo de churros que esperaba poder degustar esa misma noche viendo un clásico del Oeste.

Hasta ahí todo normal. Un típico día de invierno en la gran ciudad.

Por cierto, no me he presentado: Me llamo Juanjo y soy natural de Madrid. Trabajo en una compañía de seguros llamada Seguram. Hacemos todo tipo de seguros: de vida, laborales, de hogar… lo mejor para asegurar tu futuro o el de los tuyos. También ofrecemos una tarifa especial… perdón. Lo tengo todo tan automatizado en la cabeza que se me escapa solo. Lo entenderíais si os dedicarais a lo mismo que yo. No es el trabajo de mi vida, pero me da de comer. A mi lo que me gusta es el cine. El bueno, el de hace 40 años. Luego se lo cargaron. Desde que John Ford dejó este mundo… ¿Veis? Ya me he vuelto a ir. Bueno, para concretar, os cuento esta historia por que es realmente de flipar. Me cambió la vida. Todavía dudo si fue un sueño o no. A pesar de todo, fuera real o no, merece la pena escucharla.

A ver, ¿por dónde iba? Ah, sí… Llegando a mi casa.

Ese día había nevado. Las calles de Madrid a la vez que bellas resultaban traicioneras. Una fina capa de hielo abrazaba las aceras haciendo que el simple hecho de dar un paseo significase un riesgo para la salud. Llegué al portal cargado con una bolsa llena de churros y de repente le vi. Era bajito y cabezón. Un poco feo… pero una fealdad graciosa. Estaba tan cansado por el duro día de trabajo que pensé que estaba viendo alucinaciones.

  • Hola – me dijo con naturalidad.
  • Ho… hola – le respondí yo con cara de bobo.
  • ¿Cómo te llamas?- me preguntó.
  • Juanjo – le respondí manteniendo la misma expresión.
  • Ah…

Se quedó mirándome a la espera de que continuara la conversación.

  • Y… ¿Tú? – le pregunté.
  • XZY – contestó ladeando la cabeza.

Muchos pensamientos se agolpaban en mi cabeza. Para empezar, estaba viendo un… extraterrestre. ¡Y mantenía una conversación de lo más normal con él! No sé… si tú, querido lector, te encontraras con un alienígena en el portal de tu casa, sentado en el suelo y mirándote fijamente con esos ojos tan grandes… ¿Mantendrías esta misma conversación? No, ¿verdad? Supongo que saldrías corriendo o… te desmayarías. Es decir, es un extraterrestre. No sé. Saca tus propias conclusiones. Bueno, sigo que pierdo el hilo…

  • ¿Has visto mi nave?- continuó preguntando.
  • Tu… ¿nave?
  • Sí… un platillo de última generación que me regaló mi viejo. ¿Seguro que no lo has visto?
  • Yo… creo que no. ¿Has mirado… en el Parking?

Esta situación es de lo más absurda – pensé – ¿debería llamar a la Guardia Civil?

  • Vaya… ¿y ahora qué hago? – Se preguntó.
  • Non, no lo sé…

Hubo un silencio bastante incomodo.

  • ¿Quieres pasar?- le invité.

¡¿Qué?! ¡Le estaba ofreciendo a un extraterrestre entrar en mi casa! ¿En qué estaría pensando? No me entiendo.

  • ¡De acuerdo! – dijo con una sonrisa. Tras levantarse de un salto alegó- ¡Vamos allá!

Y sin mediar palabra abrió la puerta de mi casa y entró. Y allí estaba yo, plantado como un árbol, con una bolsa llena de churros en un brazo y en la otra las llaves que no había usado.

¿Quién era este extraterrestre?, ¿Qué hacía en mi casa?, ¿Cómo había entrado? ¿Por qué tenía esa extraña sensación de que me iba a meter en un buen lío?

  • ¿Qué es eso? – me preguntó señalando el Belén que tenía puesto.
  • Pues… un retrato.

Era un retrato de mi mujer. Lo pinté cuando nos casamos. No veáis lo que me costó convencerla. A ellas no le convence lo de que pinte. Mi mujer se llama Irene por cierto y… perdón. Me he vuelto a ir. Luego os hablo de ella. Sigo…

Recuerdo que ni siquiera me había quitado el abrigo. Estaba en shock. Todavía con la bolsa de churros en una mano y las llaves en la otra. Mirándole con cara de idiota.

  • ¿Qué es un retrato?
  • Pues… es como… una representación pictórica de una persona.

Al momento sacó de algún sitio una especie como de ordenador pequeño con muchos botones luminosos y comenzó a escribir (supongo que escribía) como un loco.

  • Sois una especie tan curiosa… llevo estudiándoos muchos años. Nunca había hablado con uno de vosotros. Y ahora por accidente aquí estoy. Cuando encuentre mi nave me iré por fin pero hasta entonces pienso aprender todo lo posible. Sois mi tesis doctoral, ¿Sabes? – me miró con una expresión extraña – Pero ¿qué haces ahí pasmado aún con el abrigo puesto? ¿No tienes calor?
  • . sí, sí.

Me quité el abrigo. La verdad es que dentro de mi casa hacía mucho calor. Tenía la calefacción a tope. La casera tenía la manía de… ¿Veis? Se me va, no tengo remedio…

Me senté en el extremo opuesto del sofá sin apartar la mirada de él. Era exactamente como en las representaciones que habéis visto en los videoclubs y en los cómics: Bajito, cabezón, ojos enormes y vidriosos. Iba desnudo. Es decir, tampoco es que tuviera nada que ocultar. No sé… es raro de explicar.

  • ¿Qué llevas ahí? – me preguntó señalando mi bolsa.
  • Pues… churros.
  • ¿Churros? ¿Eso qué es?
  • Se comen.
  • ¿Comida? Trae pa cá.

Se levantó con una rapidez asombrosa y me arrebató la bolsa. Acto seguido, metió la cabeza dentro y el resto ya os podéis imaginar.

  • Qué rico – dijo tras un sonoro eructo – Bueno, ¿ahora qué hacemos?

Ese fue el momento en el que recuperé la cordura. Hasta ahí habíamos llegado. El tío este se presenta en mi casa, se tumba en mi sofá y se come mis churros. Y todo esto dándome una única explicación: ha perdido su platillo. ¡Su platillo!

  • Vamos a ver. No se ni quién eres y qué haces aquí. ¡No se si quiera qué eres!
  • ¿Cómo que no? – me respondió extrañado- te lo he dicho todo. Me llamo XZY y estoy aquí por que estaba observándote y sin querer he perdido mi platillo. ¿Qué soy? Pues tío, tú mismo lo has dicho: Soy un extraterrestre.
  • ¡Yo no he dicho nada!
  • Bueno, lo has pensado…
  • ¿Escuchas lo que pienso?
  • Solo cuando quiero…
  • Pues que sea la última vez. Es de mala educación.

Otro silencio incómodo. Menuda tarde que llevo – pensé- Primero la reunión, luego esto… Yo sólo quería descansar.

  • Pues si crees que tu tarde ha sido mal fliparías si te cuento la mía.
  • ¡Lo has vuelto a hacer!
  • ¿El qué?
  • Leerme el pensamiento. Ya te dije que es de mala educación.
  • Vale, lo siento. Es la costumbre, joe. Sois una raza muy mentirosa, si no os leo el pensamiento nunca se lo que vais a hacer. Y mira que tengo ejemplos: una vez que estaba espiando a Napoleón le escuché decir que pretendía pacificar Europa y por dentro el muy listillo estaba pensando en cortarle la cabeza a un par de generales.
  • ¿Napoleón?

En ese momento me contó todo. XZY es natural de Orión, un sistema planetario a nosecuantosmil años del nuestro. Pertenece a una raza mucho más avanzada que la humana. Tienen platillos volantes y viven por lo menos 3.000 años cada uno. La mitad de su vida se la pasan viajando. Según me contó, el había optado por una carrera académica. Cada vez que uno de ellos se gradúa, elige un sistema planetario para estudiarlo desde sus inicios. El suyo, lógicamente, había sido la vía láctea. Y dado que el nuestro era el único planeta habitable había centrado sus estudios en la raza humana.

  • Os he observado a lo largo de toda vuestra historia – me contaba- Es fascinante. Os pasáis más tiempo pegándoos de leches que haciendo cualquier otra cosa. Pero lo más sorprendente es que, a pesar de todo, seguís avanzando. Yo flipo. Deberíais haberlos extinguido en los 80 cuando casi os liáis a petardazos nucleares. Pero aquí seguís. Alucino. Mi padre decía que era una pérdida de tiempo estudiaros, que sois una raza condenada a extinguiros, pero mira por dónde… ¡Aquí seguís! Y créeme que el viejo no se suele equivocar. Es militar, ¿sabes? No veas cuantos planetas se ha cargado…

Yo le escuchaba embobado. Parecía que hablaba de fútbol o cualquier otro hobby. Le brillaban los ojos y soltaba carcajadas intermitentes al final de cada frase. Muchas preguntas me venían a la cabeza mientras escuchaba a XZY.

  • Oye, todo esto está muy bien. Pero, ¿por qué estabas en la puerta mi casa? – Le interrumpí.
  • Bueno, suelo fijarme en gente al azar. Es la mejor manera de estudiar vuestra especie. Suelo vigilaros desde mi platillo. Las veces que me he dejado ver la he liado parda. No se si te suena el área 51… Salí a mear un minuto y me vieron un par de gordo llenos de granos pero que daba la casualidad de que eran buenos dibujantes. Todavía siguen vendiendo mi jeta por ahí. Debería cobrar derechos de imagen…
  • Pero, ¿por qué yo?
  • Pues tío, sencillamente por que eres mi asignatura pendiente. No soporto ver gente con talento que malgasta su vida haciendo otras cosas por falta de huevos. Desde Gauguin no he vuelto a ver a un imbécil de tal calibre desaprovechar su talento.
  • Mi… ¿Talento?
  • ¡Tus dibujos, cenutrio! ¡Esos que haces entre hora y hora en el curro que son una pasada!

Ahí le había dado. Mis dibujos. Sí, soy dibujante. Por puro hobby. Intenté trabajar de ello pero me pegué una buena castaña. Al final estudié empresa y trabajo felizmente sacándole los ahorros a viejecillos vendiéndoles seguros que nunca van a necesitar.

  • Es evidente que tu raza necesita un par de empujones de vez en cuando. Te prometo que hace unos años pensaba largarme. Mi tesis está casi acabada. Pero entonces vi tu potencial. Y de verdad que me cabreé de lo lindo. Pensaba robarte un par de dibujos y dejarlos “por casualidad” en el despacho de un par de tipos con influencia pero el platillo se me fastidió y ya no se donde está. Así que pasé de ocultarme y aquí estoy.
  • Esto no tiene sentido…

En ese momento escuché unas llaves… Irene. Rápidamente cogí del pescuezo a XZY y desoyendo sus quejas le metí en un armario en el pasillo que usamos para manteles y abrigos.

  • Hola guapo – me dijo con su habitual buen humor. Irene, no XZY. No vayamos a liarnos, eh.

No sé si ya lo he dicho pero Irene es mi mujer desde hace dos años. Sé que puede resultar muy tópico decir esto pero la verdad es que no sé cómo he podido acabar con una mujer así. Es increíble. Buena, inteligente… y está como un queso. Trabaja en una agencia de publicidad. La verdad es que es un curro que mola un huevazo. Se dedican todo el día a pensar anuncios. Joe, otra vez me estoy yendo por las ramas. El caso es que entró en casa y al ver mi cara desencajada y sudorosa supo que algo iba mal.

  • ¿Estás bien? – Me… interrogó.
  • Claro que si. Todo genial. ¿Por qué iba a ir mal? Es decir… es Navidad. Todo va bien.

Lo sé. Soy malísimo mintiendo. Uno de mis múltiples defectos.

  • Ya… ¿Todo bien en el trabajo?
  • Todo muy bien.

Evidentemente sabía que algo iba mal. No dejaba de mirarme con esos ojos penetrantes. Madre mía, esa mujer me descoloca. Ante mi asombro se dirigió al armario del pasillo y sin que pudiera hacer nada lo abrió. Supongo que era para dejar el abrigo, pero nunca lo sabré ya que nada más ver a XZY mirándole con esos ojos grandes y penetrantes soltó un chillido estridente y cayó como un fardo al suelo.

  • Creo que la he matao, tío – Soltó XZY.
  • Irene… ¡Irene!

Me abalancé sobre ella y comencé a zarandearla. La verdad es que en histerismos no me gana nadie.

  • Tranqui, colega, que está bien. Sólo ha tenido una fuerte impresión. Es lógico.

Sin mediar palabra mi nuevo amigo se acercó y de sus manos salió como una especie de chispa que despertó a mi novia de golpe. La alegría por saber que no estaba muerta se mezcló con un histerismo femenino sin control.

  • ¡Madre mía! ¡Joder! ¿Es de verdad? Juanjo no te acerques! ¡Joder! ¡Hay que llamar a la policía o a los GEO! ¡Coño!

Acto seguido se echó sobre el sofá armada con una escoba mientras que XZY y yo la observábamos asustados. En aquel momento dudé si me sentía más seguro con ella o con mi nuevo amigo.

  • Si lo sé no la despierto… – dijo XZY.
  • Irene… tranquila. Todo está controlado – le dije.
  • ¡Joder! ¿Pero tú le has visto? – gritó apuntándonos con la escoba.
  • ¿Qué pasa conmigo, leches? Puede que para ti no lo ses pero en mi planeta me consideran un tipo guapete – se defendió XZY.
  • Es asqueroso… – dijo Irene
  • Anda y que te penten, loca.

Ofendido, XZY se dirigió a la puerta y, tras abrirla echó la vista atrás y me miró.

  • Colega, no lo olvides. No dejes nunca de dibujar. Eres bueno. – me guiñó el ojo- En cuanto a ti, cacho pirada… que sepas que eres una maleducada. Y tú – volvió a mirarme – un calzonazos.

Acto seguido levantó una pierna y soltó una sonora ventosidad. Tras sonreírme con picardía cerró la puerta de un portazo y se fue.

No volví a saber de XZY… Hasta que, un año más tarde después de mi divorcio, llegó por correo una misteriosa misiva anónima. Ponía simplemente: “Como no te lances con los dibujos le digo a mi padre que arrase tu planeta. Total… ya he entregado mi tesis.”

Este es el principal motivo por el cual hago esta solicitud. Por eso creo que merezco esta beca para estudiar Bellas Artes. Será usted, querido funcionario el que decida la suerte que correremos todos en un futuro próximo.

¿Me la da?

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Las palmas de Bono

Transcurría la mitad del concierto. Es ese momento en el que la sangre hierve y el cuerpo está descontrolado ya que solo obedece al compás de la percusión. Esos instantes en los que cada miembro del público ha mitificado a cada uno de los integrantes del grupo que está tocando haciendo que pasen de ser músicos a convertirse en semi-dioses sobre un escenario.

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Sin previo aviso, Bono paró la música.

Andando tranquilamente por el escenario con esa teatralidad que tanto adoran los fans de la banda U2, comenzó a dar palmadas cerca del micro para que retumbaran en las paredes del estadio Santiago Bernabéu. Nadie sabía por qué estaba haciendo eso:

“¿Esta llamando la atención de alguien? ¿quiere dar un mensaje?” – se preguntaba la gente que deseaba que continuara el concierto.

Al minuto de haber logrado un silencio sepulcral en el estadio, Bono se llevó el micrófono a la boca y dijo con un tono reverencial:

– “Cada vez que doy una palmada, un niño muere de hambre en el mundo”

Cada uno de los que estaban allí escuchando esa revelación rompedora se sintieron culpables, incluido el joven que me contó esta anécdota.

Tras unos segundos de silencio, un hombre entre el público se encaramó al escenario y gritó con todas sus fuerzas:

– “¡Pues deja de dar palmas, gilipollas!”

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Sobre blanco

Recoser es lo que más le gusta a Ana. Es como dar un repaso y volver a maravillarse ante la obra confeccionada. En este caso la obra que ocupa su atención es un vestido. Pero no uno cualquiera. Es un vestido de boda precioso para la hija de los Sánchez que se va a casar en un par de semanas. El tiempo justo y necesario que necesita para finalizar la vestidura en su conjunto.

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Había llorado, pero no recuerda el motivo. El trabajo la tiene inmersa por completo. Siempre le pasa que cuando se pone a hilvanar con cariño los diversos tejidos de una confección olvida todos sus problemas.

Pero cuando termina… los problemas vuelven. Ana en concreto se considera especialmente sensible. A la mínima las lágrimas acuden a sus ojos como por encargo y nota una fuerte presión en el pecho que es incapaz de controlar. Necesita soltarla con desmesura en forma de llanto para poder seguir con su vida sin estallar.

En este caso el problema es singular. Ha discutido con Jorge. Ella sabe que él está enamorado hasta las trancas, pero a veces… lo duda. ¡Es que puede llegar a ser tan irritable…! El otro día quedaron a cenar, como cualquier día normal. En este caso él la había llevado a un restaurante bonito por el barrio de Malasaña que estaba decorado como en los antiguos años veinte.

Desde el primer momento Ana notó que algo iba mal. Jorge estaba tenso, con la mirada abstraída, lanzando ojeadas a todos los puntos de la habitación menos a sus ojos. Ella le preguntó qué le ocurría pero él no se lo quiso decir. Transcurrió la cena entre un silencio tenso y un aire frío y triste. Cuando esa noche Ana se acostó en su cama, lloró. En realidad no sabía por qué, simplemente sentía la necesidad. Se sintió inmadura por ello. Se sintió tonta… pero lloró.

No dejaba de darle vueltas a la idea de que Jorge se había cansado de ella. Ana era consciente de que no tenía motivos para pensar en una tontería como esa pero no sabía por qué no podía evitarlo. ¿La iba a dejar? ¿Ya no la quería? Preguntas de ese estilo atacaron su conciencia durante toda la noche.

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Mientras enhebra un hilo blanco y brillante Ana no deja de pensar. No deja de darle vueltas a la idea de por qué nunca le cuenta sus preocupaciones. Cuando ella está triste, le cuenta todo, vaciándose, expulsando las palabras por la boca. Se desborda en sus abrazos y se entrega a su cariño consolador. Pero él… parece no necesitar esa medicina. Cuando le ocurre algo, cuando alguna preocupación le ronda la mente, simplemente se contiene. Le cambia el gesto. Los músculos de la cara se le contraen y la mirada se pierde en la lejanía, en un punto abstracto de su mente donde se encuentra la solución a sus preocupaciones. Ella sabe que, por su manera de ser, es una persona determinada a resolver todo lo que se le pone por delante. Una cualidad que a Ana le suele tranquilizar…

¡Pero a veces a ella le gustaría sentir que puede ayudarle, que es indispensable para él!

Ana nota cómo el enfado le empieza a inundar el pecho. Seguro que es una tontería. Pero, ¿y si no lo es? ¿Le piensa dejar? ¿Tendrá morro el tío? Ana Frunce el ceño con fuerza y comienza a deshilvanar con brusquedad un bordado que está mal cosido. En una de las puntadas realizadas con furia se pincha el dedo y una pequeña gota de sangre se asoma en su yema. Este hecho no hace sino acrecentar su enfado. ¿Qué se habrá creído el tío? Se aparta del vestido y respira hondo para tranquilizarse. Da un paso atrás…

Qué vestido tan bonito…

La hija de los Sánchez siempre ha sido una joven moderna y atrevida. Su vestido bien lo demuestra: palabra de honor, con una larga cola blanca plagada de bordados dorados de motivos florales que crecen desde los bajos de la falda hasta la cintura.

“Muchas pensarán que es un poco arriesgado y que eso lo hace hortera” piensa Ana mientras recoge con cuidado las bobinas de hilo blanco y las guarda en su correspondiente orden en el tabaque. Por hoy ya ha trabajado bastante y no conviene seguir repasando con un dedo dañado.

Al terminar su labor observa su obra con creciente admiración. Comienza a imaginarse con el largo vestido recorriendo los largos pasillos de una catedral mientras sus familiares le observan con una expresión creciente de admiración y alegría. Piensa en la forma adecuada de presentarse al público, en el cuello recto, en la expresión de gozo y dicha que se reflejará en su gesto. Caminará con pasos lentos y elegantes para que los pliegues de su falda ondeen con un movimiento grácil en dirección al altar. Cierra los ojos y deja que la imaginación embriague sus sentidos para que la experiencia se torne más real y el nudo en el pecho que reflejaba su preocupación anterior se convierta en una corriente electrizante de emoción y nerviosismo.

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Seguro que si se pone el vestido nadie notará ningún cambio. Está sola en la habitación y no espera a ningún cliente esta tarde. Observa traviesamente a su alrededor y comprueba cómo efectivamente es la única alma que se encuentra en esos momentos en el taller que le saluda vacío, inundado en un silencio creador.

Deja el costurero en el suelo y comienza a desabrocharse la blusa y los pantalones con una creciente emoción que amenaza con hacerle estallar el pecho. Se acerca al vestido y desprende con cuidado del maniquí. Tras un instante de duda se lo pone. Gracias a Dios, la hija de los Sánchez tiene una talla parecida a la suya y el vestido no dará de sí. Nadie notará nada.

Se observa en el espejo. Está estupenda. Repasa con admiración los pliegues del vestido que encajan con sorprendente exactitud con las medidas de su cuerpo. Sus hombros impolutos sobresalen del vestido y se muestran sensuales ante la luz brillante y azul del foco del estudio.

Cuando me case con Jorge… pensó, si es que me caso con él. Porque el muy idiota seguro que…

Escucha un ruido. Un respingo. Una toma de aire repentina fruto de una fuerte impresión. Una alteración en el momento que estaba viviendo. Asustada, se da la vuelta esperando ver a sus clientes observándola con gesto recriminatorio pero en lugar de eso la expresión de miedo de su cara se torna en sorpresa cuando descubre que es Jorge el que la está observando. Está ahí plantado con un ramo de flores en la mano que sujeta con fuerza mientras observa con los ojos abiertos de par en par y la boca entreabierta la escena mágica que tiene ante sus ojos.

Ana sonríe sabiendo que no van a ser necesarias las explicaciones.

Ahora sí que le tiene pillado por los huevos. “Este no me va a dejar nunca” piensa orgullosa ante el gesto embelesado de su novio.

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Para M.

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A tomar por c…

Conocí a Hernest Hemingway en el año 1939, al final de la Guerra Civil Española. Yo era reportero de una agencia de comunicación inglesa y él escribía crónicas para periódicos americanos. Recuerdo que estaba entrevistando a un oficial francés perteneciente a las Brigadas Internacionales cuando vi al joven Hemingway hablando con un anciano descalzo en mitad de un puente. Me acerqué a él para avisarle del peligro que corría allí ya que el ejército republicano tenía órdenes de volar todos los puentes para retrasar el avance nacional. Él solo me miró y me dijo: “A tomar por culo el peligro. A tomar por culo tú y esta jodida guerra fratricida”

Al momento se dio la vuelta y se fue caminando por el puente acompañado de aquel anciano descalzo de mirada triste sin tener en cuenta mi advertencia. Esa fue la primera y único vez que hablé con el que sería mi ídolo literario el resto de mi vida.

Conocí a Hemingway

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